¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando vivimos una experiencia traumática?

El cerebro triuno

El concepto del cerebro triuno o triúnico fue desarrollado por el neurocientífico Paul MacLean. Es una teoría que nos ayuda a entender cómo es nuestro cerebro y en qué partes se divide, y que nos permite entender lo que nos pasa cuando sufrimos una experiencia traumática.

Para comenzar, vamos a explicar brevemente esta teoría, y al hilo de esta explicación iremos explicando con más detalle lo que ocurre a nuestro cerebro en las experiencias traumáticas.

¿Cómo se forma nuestro cerebro?

Esta teoría asume que el cerebro está formado por tres partes: el cerebro reptiliano, el emocional y el racional.

También asume que estas tres partes se han ido formando una tras otra: primero estaba el cerebro reptiliano, luego se fue formando el emocional y en último lugar el racional. Este proceso, que ha sido fruto de la evolución y ha durado millones de años, es tremendamente complejo, pero aquí lo vamos a simplificar para poder entenderlo bien: nuestro cerebro ha ido añadiendo estructuras más complejas «encima» de las más sencillas y primitivas, tal y como observamos en la imagen.

Como su nombre indica, el reptiliano es el cerebro que teníamos cuando éramos reptiles (y el que efectivamente tienen actualmente estos animales). Es el más primitivo de todos.

Cuando fuimos evolucionando hacia mamíferos, nuestro cerebro añadió la estructura emocional. Es el cerebro que compartimos con los primeros mamíferos.

Y finalmente, se formó la estructura racional o neocortex, que es la que compartimos con los primates superiores, como el gorila o el chimpancé.

Esta manera del cerebro de crearse a lo largo de los años SE REPITE CADA VEZ QUE UN SER HUMANO NACE: los bebés nacen solo con cerebro reptiliano, en el momento del nacimiento comienza a crearse el cerebro emocional y a los seis años comienza a crearse el cerebro racional. ¡Es super curioso!

¿Qué función tiene cada parte del cerebro?

Vayamos uno a uno:

Las funciones del cerebro reptiliano son las propias de la supervivencia: regular la respiración, el sueño, la ingesta, la orina, la defecación… Esta parte del cerebro actúa de manera instintiva y siempre con la función de asegurar nuestra supervivencia. Otra de sus funciones es crear el vínculo de apego, vital para nuestra supervivencia en nuestros primeros años.

El cerebro emocional o cerebro límbico es el encargado de hacernos diferenciar entre las emociones agradables y las desagradables, y así podernos adaptar mejor al ambiente. Por ejemplo, esta parte del cerebro nos hará sentirnos tristes cuando nos separamos de un ser querido, y esta tristeza nos invitará a no separarnos de las personas que queremos para así mantener unida la «manada».

Y el cerebro racional tiene como función (como su nombre indica), razonar. Nos permite trazar planes, tomar decisiones teniendo en cuenta todas las variables que van a afectar, reflexionar…

¿Y qué tiene que ver esto con el trauma?

Tiene que ver todo.

Llamamos trauma psicológico a aquellos eventos que amenazan profundamente nuestro bienestar o nuestra vida, ya sea emocional, física o mentalmente. Y…¿os acordáis de qué parte del cerebro es la encargada de la supervivencia? El cerebro reptiliano.

Esto quiere decir que en momentos de trauma se activa el cerebro reptiliano y el resto de cerebros dejan de funcionar. ¿ Para qué me va a servir razonar si no voy a sobrevivir? Para nada. El cerebro entiende que es PRIORITARIO sobrevivir y gasta todas sus energías en ello, «apagando» el resto de partes del cerebro que no se ocupan esencialmente en ello.

Por ejemplo, cuando yo pongo la mano en el fuego, es mi cerebro reptiliano el que se ocupa de retirar inmediatamente la mano. No tendría sentido que esto lo hiciera el cerebro racional, por ejemplo. Pensar en si tengo que quitar o no la mano me haría perder segundos vitales en los que ya me habría quemado.

¿Cómo actúa el cerebro reptiliano ante una situación traumática?

El cerebro reptiliano hace un análisis de la situación en microsegundos, y según considere mejor para la supervivencia toma una de estas tres decisiones: HUIR, ATACAR O CONGELARSE.

Si el cerebro considera que tenemos posibilidades de ganar, atacaremos. Si por ejemplo alguien nos atraca por la calle y nuestro cerebro considera que somos superiores en fuerza, no dudaremos en darle un puñetazo. Si es más fuerte que nosotras/os, consideraremos la opción de huir.

Pero si nuestro cerebro considera que huir es imposible, o que si nos pillan pueden tomar represalias contra nosotras/os, utilizaremos la siguiente opción: congelarnos.

Entender este mecanismo es muy importante en trauma, porque nos permite desculpabilizarnos. Hay pacientes que comentan por ejemplo:

– Sufrí una violación y me quedé parada, nunca podré perdonármelo… Me sentí tonta porque no podría moverme…

Si esta mujer entendiera que su cuerpo utilizó el MECANISMO DE SUPERVIVENCIA que consideró más útil en ese momento seguramente se sintiera mejor consigo misma.

Este mecanismo de congelación es un mecanismo con un sentido biológico muy curioso: cuando se congela el cuerpo «se hace el muerto». Haciéndonos el muerto hay menos probabilidades de ser atacados para ser comidos, ya que habría más posibilidades de que lleváramos tiempo muertos y por lo tanto podridos. Y los animales no comen ( en su mayoría) animales podridos porque pueden causar enfermedades.

Además, al «congelarnos» también baja nuestra temperatura. Esto ayuda a que animales que ven mediante infrarrojos no nos «vean».

¿Qué ocurre cuando el trauma no es puntual, si no alargado en el tiempo?

La anterior teoría es muy útil para comprender cómo reacciona nuestro cerebro ante traumas puntuales, como violaciones, terremotos, accidentes de coches… que demandan una respuesta momentánea.

Sin embargo, hay traumas (llamados en psicología “traumas complejos”), que se alargan en el tiempo, como por ejemplo el maltrato infantil, el maltrato por parte de la pareja, la violencia psicológica por parte de los padres…Uno de los traumas complejos importantes es el trauma asociado al vínculo de apego.

Cuando esto ocurre, las opciones de atacar o huir no suelen ser posibles porque los traumas suelen darse en el contexto de convivencia de la persona, al que evidentemente le atan muchas cosas difíciles de dejar atrás (por ejemplo padres, hijos, vivienda…).

Por lo tanto, en estos casos, el único mecanismo que nos queda es la congelación. Pero, la congelación, claro, no es factible a largo plazo. ¿Qué hace nuestro cerebro? Congela una PARTE de nosotros. Concretamente, congela la parte traumática. Esto significa que el cerebro “entierra” los recuerdos y emociones asociadas al trauma. Los congela porque considera que estas emociones son tan fuertes que son una amenaza para nuestra supervivencia.

Por ejemplo, si un niño pequeño no “congelara” las horribles emociones provocadas `por un abuso sexual alargado durante años, le sería imposible seguir comiendo o seguir conviviendo con su abusador, que a la vez sería la persona que le cuida y por lo tanto de la que depende.

Es un mecanismo llamado DISOCIACIÓN. Es un mecanismo biológico automático, es decir, que no se elige, es un acto reflejo que el cerebro realiza cuando vive una situación muy dolorosa para que esta no suponga un riesgo para la vida.

¿Qué ocurre con esta “parte” disociada?

Esta parte no desaparece. El cerebro la guarda (hay veces que incluso la persona no puede acceder a esos recuerdos, es la llamada “amnesia disociativa”, o hay otras veces que la persona puede desarrollar otros síntomas relacionados con la disociación), hasta que considera que no hay ningún peligro ni ningún estresor que suponga una amenaza para  la persona.

Es decir, que el cerebro solo sacará de nuevo estos recuerdos y emociones cuando considere que no hay ningún estresor y cuando considere también que va a ser capaz de afrontarlos, es decir, que no van a suponerle una amenaza tal y como fue en el pasado.

Hasta que llegue este momento pueden pasar muchos años, ya que normalmente el ritmo cotidiano de vida hace que asumamos muchas responsabilidades que nos estresan y que no dejan al cerebro “descansar” para llevar a cabo este complejo proceso.

Además, en este proceso, en el que se liberan los recuerdos traumáticos, la persona suele sentirse desbordada y sufrir mucho, ya que las emociones están intactas desde el momento traumático. Y son emociones muy dolorosas, ya que si no el cerebro no hubiera llevado a cabo este mecanismo en un pasado.

Sin embargo, y cuandola persona consigue procesar estos recuerdos traumáticos, consigue sentirse mucho mejor que antes de este proceso, ya que tener una parte disociada consume mucha energía y recursos cerebrales.

¿Cómo regular nuestras emociones mientras dura este proceso?

Hay veces que los recuerdos asociados al trauma comienzan a aparecer de manera confusa y desordenada. Es común que la persona no sepa exactamente qué le pasa ni por qué está así. Hay veces que es como si las emociones funcionaran de una forma completamente aleatoria. Es frecuente escuchar en consulta: “no sé que me pasó, me dio un ataque de ansiedad sin venir a cuento”. 

Evidentemente, nuestras emociones son muy difíciles de controlar si ni siquiera sabemos qué les está pasando.

Para comenzar a entendernos un poco y así poder ir empezando a sentir más control sobre nosotros/as mismos/as, podemos ayudarnos de la siguiente gráfica, llamada “la ventana de tolerancia”. Esta gráfica incluye tres zonas:

Ventana de tolerancia
  • La ventana de tolerancia es la parte de en medio de la gráfica y la que le da el nombre. Es el margen en el que estoy estable, en el que siento que tengo el control sobre mí misma. Si subo o bajo, dejaré de tener esta sensación de autocontrol.
  • La parte de arriba representa la zona de la hiperactivación. Esta hiperactivación está asociada a las respuestas de lucha y de huída: sensación de hipervigilancia, respiración agitada, explosiones emocionales, imágenes intrusivas…. Se asocia a la ansiedad. Cuando estamos hiperactivadas es debido a que está activado el sistema nervioso simpático.
  • Y la parte de abajo la zona de hipoactivación. Es la respuesta asociada a congelarse. El cuerpo se queda como insensible, como apagado, como sin ganas ni fuerzas de mover los músculos, etc. Se asocia a los síntomas depresivos, donde la persona se sienta vacía o apática. Cuando estamos hipoactivadas es porque está activado el sistema nervioso parasimpático.

Es común que las personas que han sufrido traumas sufran saltos aparentemente aleatorios entre las tres zonas de la gráfica. Os explico el por qué a continuación.

¿Os acordáis de que las emociones asociadas a los recuerdos traumáticos estaban intactas cuando empiezan a “liberarse”? Pues bien, digamos que el cerebro sufre una especie de confusión entre el pasado y el presente. Ya que esas emociones están intactas, el cerebro siente que vuelve a vivir la amenaza de ese momento, y entonces comienza a emitir las respuestas de lucha, huida o congelación para defenderse.

Pero claro, ya no estamos en el allí-entonces si no en el aquí-ahora, y esa respuesta seguramente no sea adecuada ni funcional. Por eso, el cerebro siente que nada funciona y puede ir saltando de una respuesta a otra de manera “desesperada”. 

Esta forma “desesperada” en realidad no es aleatoria, si no que responde a unas reglas que es necesario conocer para empezar a tomar de nuevo el control:

  • Normalmente el cerebro comienza a emitir la respuesta que emitió en el allí-entonces (momento traumático) de manera repetitiva. Esto se llama TENDENCIA DE ACCIÓN. Digamos que el cerebro repite el modo o modos de defenderse que utilizó en el momento del trauma. Digo modos porque hay veces que no se emite una sola respuesta, hay veces que por ejemplo primero se intenta escapar y al no conseguirse se prueba con la congelación. Entonces quedarían esas dos tendencias de acción.

Digamos que el cerebro las convertirá en una especie de “acto reflejo” y las repetirá de manera automática, aunque haya veces que ya no sea necesario o incluso aunque pueda ser dañino.

Por ejemplo, quedarme paralizada en el momento en que me violaron me resultó útil, pero me puede resultar dañino si mi cerebro establece paralizarme como tendencia de acción ante el miedo. Por ejemplo, puede resultarme muy dañino si me paralizo siempre que mi jefe me grita. 

Ahora, tal y como hemos dicho antes, el cerebro puede cambiar de estrategia y utilizar otra forma de defenderse al darse cuenta de que esa respuesta no está funcionando o repetir una segunda respuesta que emitió en el momento del trauma como segunda opción (claro, son respuestas que responden al pasado y no al presente, por lo que normalmente funcionarán “regulín”). Así, no sería raro que después de que mi jefe me hubiera gritado y yo me hubiera quedado paralizada, me den muchas ganas de dejar el trabajo o me de un ataque de rabia incontrolable.

  • En segundo lugar, hay que saber que hay veces que el cerebro asocia estímulos al trauma, son los llamados DISPARADORES. Por ejemplo, si las paredes del cuarto donde una persona fue violada eran rosas, volver a entrar en un sitio que tenga las paredes rosas puede también hacer que la persona se sienta desbordada y que comience a emitir respuestas de defensa. Igual que  si hubiera recordado directamente un recuerdo traumático y por lo tanto se hubiera “transportado al pasado”. Las paredes rosas serían los disparadores. 

Sin embargo, la persona no sabrá por qué ha reaccionado así, ya que las asociaciones de este tipo (en el ejemplo: violación con paredes rosas) son inconscientes. 

Para empezar a tomar el control, es muy importante: 

  • Conocer cómo funciona mi “ventana de tolerancia”. Esto significa saber cómo me siento cuando estoy hiperactivada, hipoactivada y también en mi margen de tolerancia. 

Hay personas que cuando se hiperactivan les da un ataque de ansiedad y a otras les da por ponerse a criticarse internamente de forma muy dura. Cada persona lo expresa de una forma. Conocer la nuestra es importante.

Para ir adquiriendo autoconciencia en este aspecto puede ayudarnos mucho utilizar técnicas de mindfulness. 

Además, estas técnicas, que nos enseñan a poner la atención en el momento presente, nos ayudan también a transmitir a nuestro cerebro que ya no estamos en el momento del trauma, que estamos aquí y ahora y que podemos actuar diferente a como actuamos en ese momento.

  • Conocer mis disparadores y mis tendencias de acción. Así, podré empezar a comprender la lógica de mis cambios emocionales. Para esto, es siempre importante preguntarse: ¿Qué me ha pasado antes de este malestar?, ¿Qué sensación tenía?, ¿Qué he escuchado o visto?, ¿Esta reacción me ha podido ayudar en algún momento de mi vida?, ¿Dónde aprendí a reaccionar así?…También podemos hacer un recorrido de nuestra historia de vida y ver cómo han ido funcionando nuestras emociones a lo largo del tiempo.
  • Trazar planes que nos ayuden a regularnos, es decir, a volver a nuestra ventana de tolerancia. Es importante saber qué hacer cuando esté hiper o hipo activada. 

Aunque depende de cada persona, lo que más suele ayudar cuando estamos hiperactivadas es la relajación y la respiración.

Y cuando estamos hipoactivadas lo que más suele funcionar es ponernos en movimiento (activación conductual: actividades agradables, estiramientos, ejercicio físico…).

Así, poco a poco, nuestro cuerpo irá entendiendo como se ha llegado a formar nuestra regulación emocional actual (“no se puede deshacer un nudo sin saber cómo está hecho”), y automatizando poco a poco la nueva forma de regularnos. 

¡El cuerpo es muy sabio! Entender esto es importantísimo para que una vez pasado el trauma podamos comprendernos y racionalizar lo que hicimos. Esto una parte muy importante en la psicoterapia del trauma. No dudes en contactar con psicólogos que puedan ayudarte.

¡Esperamos que os sirva!

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